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NUEVA ÉPOCA NÚM. 156 FEBRERO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Margarita Villaseñor
Sudario del corazón


Enrique Serna
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 156| Febrero 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Serna, Enrique , "Margarita Villaseñor. Sudario del corazón" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Febrero 2017, No. 156 < http://www.univdemex.unam.mx/articulo.php?publicacion=810&art=17605&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Fallecida el 12 de agosto de 2011, Margarita Villaseñor dejó tras de sí una obra poética que acaba de ser recopilada por la editorial de la Universidad de Guanajuato, con prólogo de Enrique Serna. En El rito cotidiano, Villaseñor desplegó con llaneza y sinceridad los íntimos asuntos del amor y su pérdida.

 

El amor y el dolor de perderlo son el tema predilecto de los poetas clásicos, pero desde que la poesía se encerró en un laberinto de espejos, los letristas de canciones populares casi han monopolizado ese territorio. El hermetismo divorciado de la emoción ni siquiera se propone escribir poemas de amor, un tema demasiado vulgar para los sumos sacerdotes de la palabra. Por fortuna, en México la consigna de poetizar sobre la poesía o de hacer filosofía del lenguaje en verso no ha logrado secar del todo el venero de la poesía amorosa, y de hecho, los clásicos modernos del género (Jaime Sabines, Rosario Castellanos, Eduardo Lizalde, Efraín Bartolomé) auguran una larga vida a esa tradición continuamente renovada. Desde sus primeros poemas, Margarita Villaseñor cantó las alegrías y los quebrantos del alma enamorada, y de hecho, en la solapa de Tierra hermana, su segundo libro, Rosario Castellanos la adoptó simbólicamente como discípula, al manifestarle “la solidaridad profunda de esta especie de seres desollados que son los poetas. Y cuando le digo esto no sé de quién estoy hablando, si de usted o de mí”.

En la poesía de Margarita Villaseñor, los artificios verbales se supeditan a la modulación de las emociones, al grado de componer una autobiografía sentimental que podemos ir reconstruyendo a partir de las pistas que ella misma nos proporciona. Hizo dos doctorados en letras, uno en la UNAM, otro en La Sorbona y, sin embargo, su impulso lírico rechazaba los antifaces eruditos. Como ella misma declaró en “Poema del domingo”: “Quiero oír la música sin hacer ostentación de la música. / Sentir la poesía de cada polvo de arena sin hacer análisis sistemático”. Olvidar la teoría literaria para escuchar el canto no aprendido de fray Luis de León o el son del corazón de López Velarde la llevó a prescindir de cualquier pedantería insustancial, de cualquier accesorio prestigioso que pudiera falsear su voz. Escribió serenamente canciones desesperadas, responsos dirigidos a un demonio de la guarda que le corregía el estilo por encima del hombro. Con estricta justicia, Carlos Monsiváis la llamó “la Lucha Reyes de la poesía mexicana”, pues al igual que nuestra legendaria cantante vernácula, Margarita gozaba, maldecía o se flagelaba con una audacia nudista infrecuente en las letras mexicanas.

 

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Margarita Villaseñor
© Rodulfo Gea / CNL-INBA

 

Nacida en la Ciudad de México el 30 de abril de 1934, María Margarita Villaseñor Sanabria se consideraba guanajuatense porque allá vivió toda la infancia y buena parte de la juventud. Su padre, el doctor en derecho Jesús Villaseñor Ayala, que llegó a ser presidente del Supremo Tribunal de Justicia de Guanajuato, poseía una formidable biblioteca y la inició desde niña en el hábito de la lectura. Su madre, María Sanabria Moreno, una encantadora mujer que tuve la suerte de tratar en una visita a Guanajuato, le inculcó los secretos de la gastronomía. Segunda de tres hermanas, nació en medio de Malena María, la mayor, y antes de María Concepción, la menor. Tuvo además un medio hermano, Jesús, que le llevaba doce años. La familia vivía en una hermosa casa colonial, frente a la presa de La Olla, en uno de los rincones más apacibles de Guanajuato. En “Dolor que dura cien años”, una elegía dedicada a la muerte de su madre, incluida en La morada desierta, Margarita evocó ese paraíso doméstico. Los lectores curiosos pueden escudriñarlo en Youtube, pues a finales de los setenta el cineasta Julián Pastor filmó ahí la versión cinematográfica de Estas ruinas que ves.

La vocación literaria de Margarita fue muy precoz. Desde la adolescencia escribía villancicos que su padre publicaba en las tarjetas de Navidad repartidas por la familia. Apenas tenía 19 años cuando publicó su primera plaquette, Poemas, apadrinada por el poeta español Pedro Garfias, quien le dio la bienvenida en el Parnaso con un epígrafe en verso en que saludaba el nacimiento de su vocación, pero, al mismo tiempo, ponía en duda su carácter perdurable : “Si se apaga este amor, ¿se apagará esta voz?”, se preguntaba, aludiendo al amor de Margarita por el joven pasante de derecho Miguel Carrera, su novio, fallecido en un accidente de motocicleta en 1953, cuando ella tenía 16 años. En el extenso canto elegíaco “Tierra hermana”, Margarita se duele de ese golpe traidor y por primera vez incursiona en uno de los tópicos más recurrentes de su poesía: el mal de ausencia. La sensualidad de la niña viuda se sobrepone al duelo, o mejor aun, lo impregna de rocío cuando murmura con erotismo nostálgico: “el vaho de la tarde ha besado mis labios”.

Por supuesto, la voz de Margarita no se apagó con esa llamarada. No hemos encontrado, por desgracia, sus Poemas cardinales, publicados por la Universidad de Guanajuato en 1964, pero con ese libro dejó en claro que tenía una vocación literaria firme. Marcada por la tragedia, hermosa, romántica, inteligente, se convirtió entonces en la musa joven más codiciada de Guanajuato. Su amiga Alicia Zendejas ha referido que, a mediados de los cincuenta, el poeta Marco Antonio Montes de Oca, de visita por la ciudad, se enamoró de ella y en su afán por seducirla “por poco se rompe la crisma cuando intentó escalar con una riata a la ventana de la habitación donde Margarita dormía”.1 Años antes, y según la misma fuente, un ilustre personaje de las letras mexicanas, cuya identidad no reveló Zendejas, fue rechazado por Margarita durante una fiesta en el Distrito Federal y amenazó con arrojarse a las llantas de un camión de volteo que recogía en Paseo de la Reforma los escombros del Ángel de la Independencia, recién caído en el temblor del 57. No sólo rompía corazones, también corrían leyendas picarescas acerca de su intimidad. Según me contó la propia Margarita, Jorge Ibargüengoitia se inspiró en ella para crear el personaje de Gloria Revirado, la seductora heroína de Estas ruinas que ves,aquejada de un soplo en el corazón que la mataría cuando tuviera su primer orgasmo, según el falso rumor esparcido en Cuévano por un grupo de borrachines. Ignoro si Margarita fue víctima de ese rumor en la vida real, pero hay un testimonio de su larga amistad con Ibargüengoitia: el responso fúnebre “Pase de abordaje”, que escribió al enterarse del accidente aéreo donde el novelista perdió la vida.

Aunque en México le sobraban galanes, Margarita se casó por primera vez con un gringo de origen italiano, el músico Raymond Thomas Fabrizio, flautista de oro de la Sinfónica de San Francisco. Se conocieron en 1965, cuando Margarita fue invitada a la Universidad de Stanford en calidad de profesora huésped y vivieron juntos tres años en Monterey, California, donde tuvieron un hijo, el único de Margarita: Raymundo Fabrizio Villaseñor, que heredó la vocación paterna y más tarde sería un excelente pianista. En aquel tiempo (mediados de los sesenta), California era la cuna de una revolución cultural y ese ambiente de libertad aguijoneó sin duda el talento de la joven madre. En esos años escribió La ciudad de cristal, un libro dionisiaco y whitmaniano, en el que pasa de la condensación al desbordamiento lírico. De esa obra de plenitud sobresalen el “Poema del sábado” y el “Poema del domingo”, dos cantos de largo aliento, excepcionales en la obra de una poeta que por lo general prefirió las formas breves. Emancipada de las cadenas psicológicas que pesaban sobre las mujeres en la década anterior, exige de la vida “un átomo de luz para saber qué es lo que amo / una chispa de fuego para incendiar la rutina”, y agobiada por la grisura del lunes, se abandona al ímpetu de una pasión proliferante que desborda los límites del cuerpo humano: “En mi talle floreció el naranjo y en mi rostro florecieron los olmos / y mis dos brazos largos y tiernos como la yedra se asían al muro de tu cuerpo”.

Después de su divorcio, Margarita guardó catorce años de silencio en los que no publicó ningún libro de poesía, quizá por falta de tiempo para dedicarse a la escritura, pues en esa etapa de su vida se consagró de lleno a la difusión cultural, al magisterio, a la adaptación de piezas teatrales y a la escritura de libretos para televisión. Como ha referido Carlos Ulises Mata en su valiosa “Recordación de Margarita Villaseñor”, en 1967 el rector de la Universidad de Guanajuato Euquerio Guerrero le pidió resucitar la enmohecida imprenta universitaria, con el encargo de publicar por lo menos doce libros al año y fundar una revista de humanidades. Para entonces Margarita había establecido ya muy buenos contactos en el medio intelectual y tuvo el acierto de publicar obras de gran valía: el Diario 1911-1930 de Alfonso Reyes, la Prosa de José Gorostiza, el Cuaderno de escritura de Salvador Elizondo, El tigre en la casa de Eduardo Lizalde, y el Libro de la imaginación de Edmundo Valadés. Por desgracia, el sucesor de Euquerio Guerrero, Manuel Fernández, echó en saco roto esa excelente labor editorial, pues según Margarita declaró a Mata, “al nuevo rector no le interesaba hacer libros”.2

Perdido su puesto en la universidad, tuvo que emigrar a la capital, donde Miguel Sabido la invitó a trabajar en Televisa. En coautoría con él escribió guiones de programas memorables como Cosa juzgada y El juicio de la historia y supervisó el contenido de varias telenovelas didácticas, además de colaborar con Sabido en sus montajes teatrales. Más tarde, en los noventa, escribió una telenovela de gran éxito: El extraño retorno de Diana Salazar. El teatro fue la segunda pasión de Margarita, desde que en los años cincuenta participó como actriz y adaptadora en los primeros entremeses cervantinos representados en las plazas de Guanajuato. En mancuerna con Sabido escribió una adaptación de La celestina que fue premiada en el Festival de Teatro de Manizales, Colombia. Alternaba su empleo en Televisa con las clases de literatura que impartía en la UAM Azcapotzalco, donde fue profesora durante más de 20 años.

En la década de los setenta, Margarita alcanzó la plenitud de su belleza y tuvo dos uniones libres de mediana duración: una con el pintor Alberto Gironella y otra con el hispanista Luis Mario Schneider, con quien vivió un par de años en Sant Feliu de Guíxols. Les tocó presenciar un extraño fenómeno de psicología social que dejó en Margarita una huella muy honda: la reacción de júbilo popular, mezclada con histeria y llanto, que provocó la muerte de Franco en el pueblo español. Varios poemas de El rito cotidiano aluden velada o directamente a esa temporada en la Costa Brava.

 

 

1 Alicia Zendejas, “Maga querida”, Revista de la Universidad de México, nueva época, agosto de 2015, número 138. [Regreso]

2 Carlos Ulises Mata, “Recordación de Margarita Villaseñor”, Valenciana. Mitos y personajes de una Facultad de Filososfía y Letras, 1952-2008, edición de Luis Palacios, Universidad de Guanajuato, Guanajuato, 2012. [Regreso]


   
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Enrique Serna

Nació en la Ciudad de México, el 7 de febrero de 1959. Narrador y ensayista. Estudió lengua y literaturas hispánicas en la FFyL de la UNAM. Colaborador de Confabulario de Novedades, Crítica, La Jornada...


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