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NUEVA ÉPOCA NÚM. 122 ABRIL 2014 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Fragmento de novela:
Cualquier cadáver


Geney Beltrán Félix
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 122| Abril 2014| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Beltrán Félix, Geney , "Fragmento de novela:
Cualquier cadáver" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Abril 2014, No. 122 < http://www.univdemex.unam.mx/articulo.php?publicacion=776&art=16122&sec=Creaci%C3%B3n > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Está por aparecer la segunda novela de Geney Beltrán Félix, titulada Cualquier cadáver. A partir de una historia común de la sociedad mexicana actual —el secuestro de un menor por una banda de traficantes de órganos—, el libro, del que ofrecemos un fragmento, presenta un examen psicológico del desarrollo de la culpa en el interior del protagonista.

Camina por la acera al lado de los autobuses. Llega a la boca del estacionamiento y ahí las vallas de negro y amarillo vociferan la leyenda NO PASE.

—¿Qué busca, amigo? —lo encara un oficial.

—Quiero ver dónde fue todo...

—Nada, qué. Vete de aquí...

—Oiga... —frunce la cara como quien aborta un estornudo—. Aquí encontraron a mi hijo, tenía siete años.

El guardia fija la mirada unos segundos en su rostro. Está por abrir la boca: se contiene. Da media vuelta y a pocos metros, en las sombras, murmura al oído de un tipo obeso, también de uniforme. Este se aproxima a Emarvi con gesto de fastidio.

—¿Tu hijo estuvo aquí...?

—Sí. Tenía siete años.

Lo mira de arribabajo, dice: —¿Y cómo saber si no estás mintiendo? —hay en su voz la indecisión de quien merced a la lástima renuncia a la rudeza.

Emarvi levanta el rostro y habla con tiesura: —Vengo de la morgue —pesadamente respira—. Mi esposa y yo acabamos de identificar el cadáver de nuestro hijo. Parezco un vagabundo en estas fachas, lo sé. Desde que lo secuestraron me la he pasado tomando… Mire —saca su credencial del trabajo—, tengo un empleo, no voy a causar problemas...

El jefe hace un rictus de molestia. Voltea a ver al guardia de la entrada, lanza un suspiro: —Lo siento, joven —dice al fin mientras se quita la gorra, olvida el tuteo.

—Necesito ver dónde lo hallaron.

—¿Cómo cree? No...

—Por favor, de cuates.

El jefe toma la identificación de Emarvi. La observa contrariado, el primer oficial le murmura unas palabras.

—Está bien, Cháidez —encoge los hombros—. Que pase. No quiero ni imaginarme lo que se siente…

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Las hileras de autos verdes y sucios se aprietan entre los claroscuros del día encerrado bajo el primer piso. Hay dos hombres más —vestidos de civil— aquí y allá hurgando y tomando fotos. Emarvi identifica con sorpresa, en las paredes, filas de largos pedazos de madera.

—¿Y cómo supieron…? Carajo —se recompone—, ¿qué es toda esa madera?

El hombre gordo se lleva la mano a la cara.

—Mejor —sofoca un bostezo—, mejor lea los periódicos.

Emarvi se acerca a uno de los autos. Piensa: Ahí estuvo el cuerpo de Adrián. Él ebrio con don René, y su hijo destazado en una plancha, lo vinieron a tirar a este depósito. ¿De qué me sirve seguir sintiéndome culpable? Ya, qué la chingada. Los carros están muy sucios. Llevarán mucho tiempo, años... Hay sombras. Eso es todo. ¿Qué buscaba yo aquí?

—Lo acompaño a la salida —el tipo le da una palmada en el hombro.

—¿De quién es este lugar?

Hay huellas de sangre en las puertas. ¿En este carro metieron a su hijo?

—¿Y todos esos taxis de quién son?

—Ya estuvo bueno, amigo. Lárgueseme.

—No, espere...

—Cháidez, acompáñalo.

—No —reincide Emarvi. Le da la espalda. Con rapidez toma un palo de madera. Entre alaridos busca meter la punta en el vidrio delantero del automóvil. El cristal sólo ligeramente es dañado, no cede—. ¡Veeeerga! —grita y arroja la barra al suelo. Cháidez saca el tolete. Emarvi recibe un golpe seco en la sien derecha, sus lentes salen volando, pierde el equilibrio.

 

Tiene la cabeza contra el suelo. Siente la bota de Cháidez en el cráneo, las manos esposadas. Ve todo borroso.

—Ponlo de pie —masculla el jefe.

Emarvi tiene raspones en la cara. Un lagrimón le sale del ojo derecho.

—Mira, pendejo —el jefe le oprime los pómulos con la mano derecha—, me pasé de bueno contigo. Me vale madres que te hayan matado a tu escuincle, ¿sabes, entiendes? —le escupe en la camisa—. Lárgate a chillar con tu puta madre. Y si vienes por más broncas, esa barra te la meto en el culo.

Cháidez se aproxima y como que le va a cuchichear unas palabras.

—Que se vaya, es un pobrediablo.

Emarvi se agacha extendiendo las manos, apresadas. Cháidez se halla a un punto de lanzarle otro estacazo, cuando él cobardemente le sonríe, pide disculpas, muestra los anteojos en la izquierda.

A trompicones, sintiendo la luz del sol como una venda de ácido en los ojos, luego de salir del depósito se dirige hacia el ala norte de la estación del metro. Ve borroso, le zumba el cráneo.

La culpa es una pasión narcisista. Es como si el mundo se estuviera destruyendo no allá lejos, no allá fuera sino desde mi adentro, y sus vísceras aquí bajo mi piel estallaran. Y así uno ya no es un sí mismo sino un tejido descompuesto o roto ya indistinguible en ese todo gigante que viene disolviéndose. Uno se desmorona fundiéndose con él. Y ya no hay nada, salvo el dolor de la culpa, una obsesión voraz.

La culpa tiene una lucidez inhabitable. Que de nada sirve.

 

Les entregarían el cadáver en la noche, luego de la autopsia. Les dijeron.

Cuando sale del ascensor, apenas da unos pasos Emarvi ve la entrada del 402, el departamento de las dos mujeres. Ya frente a la puerta del suyo, al momento en que saca el llavero escucha a sus espaldas la voz de la joven, que lo saluda con un “Hola, oye...”

Vuelve el rostro. Elvia hace avanzar la silla hasta que se encuentra a un paso de Emarvi.

—¿Qué tienes en la cara?

—Qué te importa.

—¿Te emborrachaste?

—Qué mierda, cómo chingas.

—Discúlpame por lo que te dije la otra vez —Emarvi la escucha de espaldas en tanto mete la llave en la cerradura.

—No hay bronca —farfulla—, yo también dije pendejadas.

—¿Pasarías a mi departamento? ¿Qué tienes en la cara? ¿Te caíste? Hay otra cosa que debo contarte.

Emarvi anda muy exhausto; desde el jueves ha dormido si acaso unas diez horas. De regreso del depósito de taxis, ahora que todo ha llegado a su fin no tiene claro qué hacer: debería bañarse, comer algo, hundirse en el sueño.

Renunciar a su empleo. Irse del país.

Dinamitarse el rostro.

—Gracias por la invitación. Pero ocupo descansar.

—Ándale.

—No, no jodas. Cuélele pa su casa, yo me voy a dormir —está por darse la vuelta cuando ella le cierra el ojo y le sonríe; Emarvi suspira—. Vamos, pues —la verga se le para. Elvia conduce la silla de ruedas hasta la entrada de su depa y se detiene. Mientras alarga el brazo, murmura con un tonillo medio infantil, y de coqueta:

—Después de usted.

 

Él se sienta en uno de los sofás. Recarga la cabeza (exhala un bostezo). Los ojos se le cierran con un peso de cortina sólidamente cayendo.

—Te ves muy cansado... ¿te caíste? ¿Andabas muy borracho? Hueles mal, ¿sabes?


   
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Geney Beltrán Félix

Nació en Culiacán, Sinaloa, el 4 de junio de 1976. Editor, narrador, traductor y ensayista. Estudió lengua y literaturas hispánicas en la UNAM y literatura inglesa en el Victoria College de la Universidad de...


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